viernes, 20 de enero de 2017

Diosas de Carne y Verso



Diosas de carne y verso,
verso de espina y tallo,
carne de rima y hueso.
El poema es una herida abierta,
lucha encubierta entre perros y gatos;
una imagen que vale
menos que una palabra
que escriba enamorado.
Diosas de piel y estrofa,
versos de tinta y vello,
carne de libro y trago.
La mujer es una deidad quebrada
por la historia, el hombre y el engaño;
una ánfora hecha de garra y saliva,
metáfora y barro.
La mujer es la unidad de medida
que usa mi universo;
el gemido que escapa
del arpa de un bardo.
Cualquier mujer puede ser una diosa,
un capricho, un villano;
la elección siempre, aunque no parezca,
dependerá de ella.
Tan solo debe ablandar mi mano
hasta que escriba versos
y endurecer mi cuerpo
hasta que escupa orgasmos.
El amor siempre, aunque no parezca,
se construye entero de carne y verso;
martillo es del deseo,

del sentimiento es clavo.  


martes, 17 de enero de 2017

MADRID EN TRAZO Y VERSO




Quince artistas. Quince. Todos madrileños menos uno, Antonio Antequera, el pintor, pero quizá el mayor amante de Madrid entre todos ellos. Como si fuera un Pérez Galdós que ha cambiado la pluma por el carboncillo, la hoja por el lienzo, Antequera nos muestra catorce estampas de la Villa y Corte, porque a Madrid no le ocurre lo que a París, Londres o Nueva York, aquí no hay ninguna torre Eiffel, Big Ben o estatua de la Libertad que acapare el flash de todas las cámaras. Como dice el dibujante almeriense, “Madrid es un álbum de estampas, no tiene una sola. Todas tienen en común su alma, su vitalidad, su energía. Madrid es una forma de ser”. Pero en este libro no solo hay trazo, también hay verso. Acompañan a Antonio catorce poetas, siete hombres y siete mujeres, Alberto Guerra Obispo, Alberto Guirao, Alberto Rodríguez Ramos, Andrés París, Daniel Aceña, Fátima Pérez, Hannibal Bécquer, María Cabrera, Marina Casado, Natalia Villardón, Nuria Fernández, Sandra Barrera Martín, Sara García Pereda y Sesi García. Un batallón de jóvenes bardos madrileños, entre los veintitantos y los treinta y pocos, cada uno de un estilo diferente, porque lo bonito de Madrid es la multitud de formas en las que puede verse. Todos tienen en común el amor por su ciudad y por la poesía. Disfruten de los trazos y los versos, de unos y de otros, ¡Salud y Séxtasis!   


jueves, 22 de diciembre de 2016

Guerrismo






Como Alberto y yo somos buenos amigos desde hace mucho tiempo, quiero hoy haceros una especia de semblanza de él mismo, como lo veo yo. Alberto, Guerra para los amigos, es lo que sería hoy en día un antimodelo o, literariamente hablando, un antihéroe. En este mundo pragmático y capitalista, Alberto es un rebelde del sistema. Si todo el mundo fuera como Alberto Guerra, el neoliberalismo se iría a pique en dos minutos.

Esto lo digo porque las bases vitales de Alberto Guerra son la literatura, el amor (sexual) y el alcohol, sustentos de vida con los que nuestro querido presidente Mariano estaría muy en desacuerdo. Gente como Alberto hacen que nuestro mundo valga la pena. Alberto es capaz de reunir muchos amigos a su alrededor y compartir con ellos su filosofía de vida, una filosofía tan atractiva que muchos se han convertido ya al “guerrismo”. Aquí, precisamente, hay hoy muchos empiristas afiliados a esta nueva filosofía vitalista alejada de dogmas y sistemas.

Su filosofía de vida hecha objeto se llama Séxtasis. Su editorial nace de la experiencia sexual, etílica y literaria, y plasma en las páginas que edita ese amor pasional por las ganas de vivir, las ganas de amistad y el cachondeo.

Hoy podemos estar haciendo historia, quién sabe, en este café literario de Madrid. Hoy vamos a brindar por la poesía hecha juego. Para que pase a formar parte de todas las facetas de nuestra vida. Gracias Alberto Guerra, gracias Leticia Forzani, por este regalo que es poder formar parte de la historia de Séxtasis, rodeado, además, de tan buenos poetas y amigos.


¡Viva el “guerrismo”!


DIEGO MEDINA POVEDA

viernes, 16 de diciembre de 2016

PRESENTACIÓN FUNNY GAMES




FUNNY GAMES es un póquer de juegos en uno. Con solo 44 cartas podrás sumergirte en 4 universos paralelos: WAR GAME (un juego erótico-festivo para encuentros etílicos,) IMAGINE GAME (un juego de creación para veladas literarias), TRADITIONAL GAME (póquer, tute, mus... ¿cuántos más conoces?) y POETRY GAME (40 poemas breves para combinar como más te guste). 4 poetas, 4 palos, 4 modalidades de juego, diversión sin límite.


ALBERTO GUERRA OBISPO

Porque amas verme hacer aquello que amo,
crees que me amas cuando me ves escribiendo,
pero deberías amarme siempre que te veo

porque te estoy haciendo a ti con la mirada.


DIEGO MEDINA POVEDA

La vida es todo el tiempo que nos queda
para tratar de ser sin conseguirlo.


SESI GARCÍA

Han pasado las calles de antes
como dolores rojos de garganta.
La tos floja que nunca olvida.
La rápida postal de varios pasos.


JULIO SANTIAGO

Soy
una
puta
muy
envidiada,
trabajo
la
mejor
esquina
del
“alma”.



domingo, 4 de diciembre de 2016

DIME CÓMO ESCRIBES Y TE DIRÉ QUÉ BEBES




Era sábado. Estrenaban el ciclo “Dime cómo escribes y te diré qué bebes”. No podía perdérmelo. Como ya sabéis, soy un adicto a los eventos donde fusionan el arte y el alcohol. Llegué pronto. Muy pronto. Justo a la hora que marcaba el cartel. Varias personas se saludaban al fondo del local y comenzaban a sentarse en las mesas. Decidí no juntarme con el populacho y quedarme en la barra. Hay noches que prefiero camuflarme en el anonimato y disfrutar del trago y el verso en soledad. Los días lluviosos me ponen melancólico. También alcohólico. No sé si la rima consonante tiene algo que ver. Decido empezar con un vermú mientras espero a que el show eche andar. Lo termino justo cuando veo al barman colocar una hilera de botellas delante de mí. Sonríe. Un buen camarero sabe cazar al vuelo a un mejor cliente. “Esta noche tenemos evento” susurra. “Por eso he venido; pero prefiero estar aquí. Me gusta paladear el ambiente desde la lejanía. No hay ningún problema, ¿no?”. “Ninguno. De hecho usted va a ser el primero en probar el cóctel”. Observo al chaval mientras prepara la obra maestra. Es preciso como un químico y ágil como un escultor. Dentro de poco deberían incluir la mixología dentro de las bellas artes.

Un minuto después tengo ante mí un Singapur Sling. El cóctel favorito de Vázquez Montalbán, el trago más famoso del sudeste asiático, la bebida estrella de esa noche sin estrellas y con lluvia. Comienza el espectáculo. Toma la palabra Alberto Guerra, el coordinador etílico-artístico de Xelavid. El creador de los “cuenbates” y las “catas literarias”. Un hombre que adora el arte y el alcohol a partes iguales. Nos introduce con soltura por el mundo de los destilados contándonos numerosas curiosidades de la bebida que tengo entre las manos. El porqué del nombre, los ingredientes, el origen, qué famosos fueron adictos a él. Después llega la parte literaria. Manuel Vázquez Montalbán, bebedor asiduo del Singapur Sling. Comienza a intervenir Sesi García, el artista invitado, estudioso de la obra del creador de Pepe Carvalho.

 Alberto y Sesi se interrumpen, ríen entre ellos, se respetan, intercambian distintos pareceres sobre el alcohol y la literatura. Parecen interpretar una escena dialogada de cualquier película con aires de grandeza. Pero no son genios, son humanos que disfrutan hablando, conociendo, bebiendo y degustando. Saben de licores y literatos, y esa sabiduría contagia al resto de la sala. Me dan ganas de salir corriendo a comprarme un libro de Vázquez Montalbán. El Singapur ya me lo he leído. Pido otro. Engullo copas y letras a partes iguales. La gente no me sigue el ritmo pero sigue el evento con atención. Cuando ves a alguien disfrutar con lo que hace también te hace disfrutar a ti. Ojalá en la universidad existieran clases tan divertidas. Como dice Carvalho en El premio “saber el origen de los placeres aumenta la capacidad de gozarlos”.


Termino mi segundo Singapur Sling. Sigue lloviendo. Concluye el acto y todo el mundo comienza a felicitar a los protagonistas, a intercambiar impresiones, a emborracharse. Algunos también se marchan. Siempre ha habido clases. Me ha gustado el espectáculo. Repetiré seguro. He echado un vistazo a las próximas sesiones y no tienen desperdicio. Poetas de la talla de Julio Santiago (travestido de Gloria Fuertes) o prosistas afilados y oscuros como Quique Fernández (disfrazado de Hemingway). Decido pedirme un islay. Pensar en escritores norteamericanos me trae a la memoria el whisky. Además, el scotch ahumado es la mejor forma de quemar una noche. No quiero salir. Hoy no. Prefiero irme a la cama, seco y calentito. Antes de introducirme en mi lecho de suerte cojo un libro. Los pájaros de Bangkok. Demasiada poesía y Singapur Sling en mis venas para no volar, al menos un par de páginas, hacia el sudeste asiático.  



Alex Sawa

viernes, 18 de noviembre de 2016

JUGANDO A FUNNY GAMES (Ejercicio de creación literaria) LLUVIA




El otro día, en la Tertulia literaria "Tintos&Tinta", estuvimos jugando al juego creativo de Funny Games (Séxtasis Ediciones), que se presentará el martes 20 de diciembre a las 20:00 en el café El Despertar. Funny Games es un poemario-juego bastante polifacético. Contiene cuatro modalidades: traditional game (los juegos de cartas de toda la vida), poetry game (el poemario en sí, con cuarenta poemas de cuatro autores diferentes), war game (juego erótico-etílico para momentos de más desparrame) y creative game (el juego para potenciar la creación literaria).

Después de superar varias pruebas, finalmente, los siete concursantes logramos tener cuatro cartas en nuestro poder para crear con ellas una historia. Casualmente, a mí me tocó una carta de cada autor:

LLUVIA DORADA

Pagué el servicio,
me dijo que llovía
oro mojado.

Alberto Guerra Obispo



TATUAJE

El surco del dolor
sobre la piel de arena. 

Diego Medina Poveda




Perdí un lápiz gastado
en una playa
de Francia. Cuántas cosas,
cuántas bellezas
escribirá sin mí
en esa playa.   

Sesi García




Siempre
me 
apetece
morder
manzanas
sin 
pelar...
¿será
por
lo
del
pecado
original?

Julio Santiago



Y tras diez minutos de escritura, me salió esto: 


LLUVIA 

La conocí en la playa. Me fijé en ella por su tatuaje. Un ave fénix que crecía desde su seno izquierdo hasta la cintura. No me gustan los pájaros. Los animales en general. Pero me encanta la mitología. Si una persona se tatúa un gato o un perro es imposible que no adore ese tipo de mascota. Un ave fénix es diferente. Es un símbolo. El pájaro que renace de sus cenizas.

Empecé a fantasear intentando adivinar su historia. ¿Qué habría superado? ¿De qué clase de infierno renacería? Me fui al agua. Quería observarla desde otra perspectiva. Llevaba gafas de sol. Era imposible establecer contacto visual con ella. Me gusta entrar a las tías con los ojos. La mirada es un arma letal infravalorada por la cartera y el gimnasio. Mis ojos no son nada especiales por sí solos. Nada de azules, negros o verdes intensos. Son muy comunes. Pero los carga el diablo.

Salí del mar y fui corriendo hasta la toalla. Cuando pasé por su lado la mojé. “Perdona”. “¿Por qué tengo que perdonarte?” preguntó. “Por el agua; te he mojado sin querer”. “Me encanta el agua, más en un lugar seco como este. Viví tres años en Escocia y acabo de volver. Estoy en plena fase de adaptación al sol y el secano”. Me sorprendió su respuesta. No sospeché que fuera tan habladora. Me gustaba dejarme fluir. Y las personas afines a mi filosofía. “¿Qué es lo que más echas de menos de Escocia?”. “La lluvia”. Se quitó las gafas. Sus ojos eran dos manzanas arrancadas del árbol del pecado original. “Yo también viví en Escocia, pero solo un año”. “¿Y echas algo de menos?”. La miré con descaro. Mordí sus ojos. Degusté su lluvia. También su infierno. Pensé en un exnovio escocés. Maltratador. Agresivo. También visualicé una posible violación una noche en Glasgow, al volver de fiesta. Fantasee, incluso, con alguna muerte cercana. ¿Su madre?, ¿su padre?, ¿su pareja? Pasaron mil imágenes por mi cabeza intentando hallar su infierno personal. El lugar de donde había renacido. “La lluvia, también echo de menos la lluvia” dije mientras sentía en el pecho la primera gota de amor. 



martes, 15 de noviembre de 2016

SEXAGERACIONES - CAPÍTULO 8 - HAZME MENTIR



No había vuelta atrás. Cuando Iván introducía su mano en la cueva de las maravillas solo podía ocurrir una cosa. Él, hombre paciente y dadivoso, amaba lo tierno. Lo húmedo. Lo esponjoso. Odiaba el clima de secano y las grietas y las grutas resquebrajadas. Le encantaba chapotear en el interior de las mujeres. Entre sus musgos, líquenes y riachuelos. Era piscis. Y su signo del zodiaco le guiaba cuando osaba nadar en charcas femeninas.

Llevaba casi una semana sin adentrarse en Juanita, y eso se notaba. Él estaba nervioso, descentrado. Ella irritable y estresada. El sexo no se vende en farmacias, pero es la medicina más efectiva contra el mal del amor. Él aún no sabía si usaba de eso. Se lo habían vendido desde pequeño, como el bien más preciado del mundo. Tras dos novias reconocidas y casi un centenar de amantes, Iván se sentía estafado. Al menos, con Juanita disfrutaba del sexo. No le dejaba degustar el averno femenino con su boca, pero tampoco le importaba demasiado. Él, que era una profesional del sexo oral, había aparcado la lengua para empezar a usar la recortada. Le encantaba apuntarle en el pecho. O en la boca. A veces, cuando llegaba al límite, no tenía más remedio que disparar a bocajarro en el ombligo de la víctima. Lo hacían sin condón. Siempre le habían gustado los deportes de riesgo. Hasta que comenzó a sonar la música de las E.T.S. y tuvieron que afiliarse al preservativo. 

Llamaron a la puerta. Era Juanita. Iván le plantó un beso cuando abrió. Luego la abriría a ella. Bucearía entre sus aguas hasta llegar al jadeo que lo resume todo. O a ese aullido largo y prolongado. A veces, incluso, podría llegar a ser una pérdida de conocimiento. Una vez, Iván, consiguió que una mujer llorara tras el orgasmo. Nunca supo si de felicidad o de tristeza. Él cree que por lo primero. Hay que ser optimista en la vida. Se calzó y salieron a la calle. Iban al cine, una de las pasiones que ambos compartían. No les interesó lo suficiente ninguna de las películas que estaban en cartelera. O quizá les interesó más el sexo que llevaban una semana sin practicar. Diez minutos después estaban en la cama de Iván, completamente desnudos. Es lo que tiene el sexo nonato, al no realizarlo se expande por tu cuerpo. Te contamina de vicio y de lujuria. Cuando estás acostumbrado a follar todos los días, una semana a pan y agua te convierte en un adicto sin su dosis. Iván era un yonki de la guarrería y Juanita era lo más parecido que tenía a la metadona. Estaban los dos a punto. Calientes. En ebullición. Iván abrió el cajón de la mesilla y agarró la caja de preservativos. Estaba vacía. La tiró al suelo y cogió la otra, la del fondo. Era lo bueno de ser precavido. Siempre tenía dos. También estaba vacía. Era lo malo de ser tan despistado. Nunca tiraba los envoltorios ni las cajas de nada. Su nevera estaba llena de paquetes de donetes sin dulces, de latas sin coca cola, o de cartones de leche sin líquido. Así era Iván, y así había que quererle. Aunque en ese momento Juanita no lo hacía. Estaba histérica. Y sin condones en la costa. “¿Y tú, por qué no tienes tú?” balbuceó Iván. Tenía razón. Dos no follan si uno condón tiene. “Pues porque venía a tu casa, y sé que siempre tienes dos cajas” contraatacó. Iván se calló. Tenía una idea. Se levantó de un salto de la cama y se dirigió a la estantería. “Mira” gritó, triunfal, mostrando un preservativo con un dibujito. “¿Y eso?”. “Me lo trajo un amigo, de recuerdo de Italia”. El envoltorio del condón era blanco. Había un pinocho dibujado y una frase en inglés. “Make me lie”. Juanita no sabía inglés. Iván le explicó el chiste. Le puso el profiláctico y comenzó el primer acto. La nariz de Iván funcionaba a la perfección. La música del placer inundó el cuarto con suspiros y jadeos. El orgasmo se aproximaba. Iván sabía que iba a aguantar hasta que ella se corriera. Quería ver la cara de Juanita cuando llegara al clímax. Sentir el paraíso del placer en el infierno femenino. Ella pensaba lo mismo. Quería contemplar a Iván en su cenit. En el momento del disparo. Su misión de ese día era colmar de gozo a su pareja. Ambos dejaron sus sentimientos de lado. Solo importaba el placer del otro. Y eso en el amor se paga caro.   


Juanita pensó en fingir. Iván estaba acostumbrado a regalarle un par de orgasmos antes de correrse. Comenzó a aullar. Él sonrió satisfecho. Ahora podría usar su recortada. Pero se engatilló. Estaba tan absorto pensando en Juanita que había abandonado el placer a su suerte y se había revelado. No tuvo más remedio que fingir. Gritó, gimió, lloró. Era la primera vez que representaba un orgasmo. Ambos cayeron desplomados en la cama. Dicen que una buena actuación cansa mucho. Habían mentido como dos estrellas de teatro. Había terminado la función y no se oyó ningún aplauso. Ella mantenía congelada una sonrisa agridulce en el rostro. Él se quitó rápidamente el condón vacío y lo tiró a la papelera. Vio en el suelo el envoltorio. Parecía que el pinocho se reía de él. Quizá de ellos. Los dos habían mentido. “Make us lie”. Es lo bonito del amor. Que todo se comparte.   



lunes, 24 de octubre de 2016

SOLO RECUERDO (De gatos, noches y días).




Confieso que no me acuerdo de nada.
No recuerdo el sabor de tus palabras
las noches de verano cazando horas,
tampoco el olor de abril en las sábanas
que humedecían nuestras bocas
ni el luto por sentirnos rechazados
que acabamos rompiendo en el Retiro; 
no recuerdo nuestra primera vez,
ni tampoco esa primera vez
que posé un te quiero en tus oídos. 
No recuerdo el por qué que estemos juntos,
ahora, que hace tanto tiempo que estamos
separados.  De ti recuerdo el beso
que te escribí cuando nos conocimos.
Solo eso. Era un miércoles tan frío
que los dos decidimos refugiarnos
en el cine. Yo venía borracho,
acababa de dejar a mis amigos
con todas las cervezas a un euro
que estuvieron desde las dos conmigo.
No quería estar solo y te vi sola,
una fila delante de la mía.
Te expliqué el significado del título,
y preguntaste que por qué sabía
eso, si era creyente o leía mucho.
Vimos “Los girasoles ciegos”, luego
te invité a un vino. Después tú a otro.
Sin querer terminamos la botella
y bebimos la plata de la luna,
poco a poco, intentando absorber
el calor que exhumaba en el parque.
Te conté por qué había un templo egipcio
allí, te dije que lo había leído,
y tú me dejaste leerte los labios.
Ese beso, aún, hace que me acuerde
de ti y que acuda al cine a diario;
no vaya a ser que encuentre a otra mujer
una fila delante de mí, sola,
con ganas de aprender sobre Madrid
y con tendencia a dejarse leer
un poema inolvidable en la boca.




jueves, 20 de octubre de 2016

Parodia autodestructiva




Las niñas de hoy en día tienen prisa,
no importan los futuros, solo ahora,
no viven sin el móvil ni la Visa,
no entienden de la vida sin su ropa.

Las niñas de hoy en día pierden kilos,
el malo de la peli es estar gorda,
si dejas de comer tiene sentido
si logras rebajar lo que te sobra.

Las niñas de hoy en día pasan hambre,
ya no quieren comer “pantera rosa”,
prefieren “bollycao” de los de clase,
pues saben que su leche nunca engorda.

Las niñas de hoy en día son cupidos,
son diosas del amor estando solas,
pues usan internet y ahí saben fijo

que pueden tener macho en una hora.  


Tinder Girl 

miércoles, 12 de octubre de 2016

El adiós del verano




Era perfecta. De altura, de cara, de cuerpo… de todo. Resplandecía como un manantial en medio del oasis, con su piel cetrina, que era un desierto oscuro de ángulos convexos y pecaminosos. Estaba radiante, por la sonrisa que colgaba de sus labios protuberantes y henchidos, labios prohibidos de femme fatale que había dejado el rubio mítico por un moreno incandescente. No pude apartar la vista de sus piernas. Esbeltas, coloreadas de sol y de gracia, abriéndose paso entre los demás pasajeros y parándose ante mí, con descaro, con ese vestido blanco, virginal, acabado con la sugerencia de una minifalda. Miraba con una dulzura extraña que no llegaba a materializarse, ¿cómo si no iba a mirar con ese rostro de niña tímida que esconde, a su vez, a una mujer traviesa? La fortuna estaba de mi lado. Con el vagón del metro lleno, había elegido posicionarse frente a mí, de pie. Yo levanté la mirada y ella me clavó sus ojos pardos. Sí, los ojos no necesitan ser verdes, negros o azules para aguijonearte el alma. Lo importante es la mirada. Y yo la bajé.
Estaba sentado, rodeado de un tumulto de brazos, maletas y piernas. Pero para mí solo existía ella. No podía ver más que sus muslos bronceados y la frontera que separaba la minúscula falda de su piel tentadora. Así era el verano. Un paraíso terrenal de ropa escasa y abundancia de cuerpo. Casi sin querer, como si fuera por fortuna (para mí), su rodilla derecha rozó la mano que descansaba sobre mi pierna diestra. La observé; la sentí; inquieto. Ella seguía mirándome, como si fuera un juego, el de a ver quién aguanta más, como si estuviésemos solos en ese vagón repleto de gente. Me taladraba con sus ojos hambrientos, que no eran ni verdes, ni azules, ni negros, pero sí tan intensos que no podía soportarlos. Mi mano, antes tranquila, comenzó a alterarse. Cerré los ojos.
Casi sin querer, yo también, como si fuera por fortuna (aunque fue por deseo) levanté mis dedos, lentamente, para no sobresaltarla. Rocé su muslo; contuve la respiración. Fue un momento eléctrico, el contacto con su piel, la descarga posterior. Estaba caliente; suave. Me mantuve así un rato, esperando que se alejara, molesta. Pasaría a formar parte de ese montón de babosos que soban a las mujeres en el metro. Sería uno más. Pero ocurrió lo contrario. Aprovechando un movimiento del vagón se acercó más a mí. Yo moví mi mano un poco hacia arriba, alejándome de su rodilla, escalando su muslo. Esperé una voz o un gesto de reproche. Pero todo seguía igual. Su piel quizás más caliente. Aquella pierna era un imán. Necesitaba más. Abrí mi mano por completo y estiré los dedos por toda la superficie a la que aspiraba. Me acababa de lanzar al vacío. No tenía ni idea de por qué; pero lo había hecho. Comencé a sudar. Noté cómo ella, también, parecía nerviosa. Aquel impulso atrevido iba a costarme una de las mayores vergüenzas de mi vida. Pero no pasó nada. Seguía sudando, con mi mano extendida sobre su muslo moreno. Deslicé la mano un poco más hacia arriba. Mi entrepierna se hinchó de forma vertiginosa. Estaba excitadísimo. Me la hubiese sacado allí mismo; el roce con su pierna hubiese bastado para llegar al clímax. No sabía qué hacer. Si seguir avanzando hasta llegar al borde de su falda, o esperar ahí, aguantarme el calentón, y bajarme cuando llegara mi parada. Permanecí unos segundos sin hacer nada, preso de la confusión. Fue entonces cuando ella tomó las riendas de la situación y se acercó, acorralándome. Me golpeó la pierna, sutilmente, con su rodilla, buscándome. Me llamó en silencio sin saber mi nombre, rogándome que continuara la ascensión. Mi aliento se coló por debajo de su falda y mis dedos quisieron ir tras él. Me la jugué. Toqué con la punta del dedo índice su vestido diminuto. La curiosidad pudo conmigo y, a pesar de ser gato, no me mató. La curiosidad por lo desconocido; por saber qué había detrás de aquella tela; por oler, palpar, sentir su abismo; por vislumbrar el color de su ropa interior y rasgar aquella prenda prohibida. Colé, uno a uno, todos mis dedos por debajo y continué acariciando su muslo. Degusté su excitación escuchando el murmullo goteante del averno femenino. Levanté el dedo anular todo lo que pude. Lo rocé. La tela estaba mojada. Ella tembló, levemente. Volví a rozarlo. Escuché un gemido, muy suave. Luego otro. Subí toda mi mano hacia el abismo del deseo hasta toparme con la fortaleza de algodón. La recorrí, descubriendo cada pliegue y hendidura; cada doblez y protuberancia. Necesitaba encontrar un hueco. Un lugar por donde colarme hacia el salón del trono. Logré introducir mi dedo anular por uno de los pliegues de la tela. Su piel mojada vino a abrirme la puerta; de inmediato. Me estaba esperando. Sumergí el dedo con lentitud. El calor y la humedad me envolvieron por completo. Comencé a trazar círculos concéntricos en su interior. Las paredes se dilataban. Los fluidos iban impregnándome de deseo conseguido. Metí otro dedo. Empezó a jadear. Cada vez más fuerte. Sus suspiros enloquecían mis extremidades. Yo estaba a punto de explotar. Ella también. Aullaba de placer; como una loba en celo declarando su amor a la luna llena.
Abrí los ojos. Los abrí en el momento oportuno, justo para ver cómo se cerraban las puertas; cómo el resquicio de su minifalda blanca las esquivaba, con gracia, al salir. Intenté observar su cara; regalarle una sonrisa; verla una vez más. El pelotón de gente me lo impidió. El metro se alejó de allí con la misma indiferencia de siempre. Con la misma desidia que me machacaba todos los años cuando llegaba septiembre. Observé la mano que hacía unos segundos vibraba de emoción. Aquella mano que se había dorado en el fuego interno de una mujer a la que había amado aun sin conocerla. Yacía muerta sobre mi pierna. Era una mano inmóvil, aburrida, seca. Una mano exhalando sus últimos minutos de vida. Llegué a mi destino. El primer día de trabajo tras las vacaciones nos estaba esperando. A mí; a mi mano; a todo mi cuerpo. La mujer del vestido blanco había sido el delicioso y sensual adiós que me había regalado el verano. La rutina regresaba a mi vida. Volvía la comida en lata, las broncas de mi jefe, las pajas en el baño y el estrés postvacacional.

http://diario16.com/el-adios-del-verano/
Texto: Alberto Guerra
Ilustración: Jana Hooli Gan